lunes, 12 de febrero de 2018

Mala fama 5. Love store


Hubo un tiempo parecido a una infancia feliz. Esa en la que creemos que Papá Noel es algo más que un sátiro gordinflón, icono de una marca de refrescos; o que los camellos se comen la hierba que les dejamos la noche de Reyes, en lugar de fumársela; porque todo es cuestión de magia. Pero auténtica magia era la que hacía mi madre. No solo para suplir la ausencia real de estos regios personajes, sino para transformar la realidad de su vida en una dulce mentira, que hiciese de la mía, un remanso de felicidad. Quizás por eso me puso de nombre, Felicia.
 
Poco sabía ella que sus actos, más que sus intenciones, iban a marcar mi camino. Pero, de momento y, por lo que a este relato concierne, aún no habíamos pasado esa frontera y, la vida, como en la canción, era una tómbola…
 
Una tómbola en la que mi madre, según sus propias palabras, vendía el amor. Y lo hacía en su casa—la nuestra—. Todos los días, a partir de cierta hora, comenzaba el trasiego de clientes. Todos ellos hombres, por cierto. Quedaba claro para mí que, o bien el sexo masculino era el más necesitado de amor, o bien era el único que podía permitirse comprarlo. En cierta ocasión le pregunté a mi madre sobre esta cuestión y me dijo que ella vendía «amor de mujer». Y en dosis pequeñas, como las pastillas en la farmacia. Porque el amor permanente no solía venderse— aunque algunos sí que lo hacían— sino que te tocaba en la tómbola, o se cambiaba por otro en exclusiva y con la misma fecha de caducidad. Pero no todo el mundo tenía, quería o podía conseguir ese amor permanente y de ahí la necesidad de que alguien lo vendiera en paquetitos económicos.
 
El caso es que no parecía un mal negocio, porque a mi madre, como los huevos a las gallinas, el amor le renacía cada día y, los hombres, como gallos sin manos, se contentaban con picotear. El único problema era que, exhausta por las mañanas, se pasaba durmiendo el resto del día y, poco de ese amor, aunque fuese «amor de mujer»—que digo yo que algo tendría de madre—quedaba para mí que, como pollito Calimero entre tanta polla vanidosa, mendigaba por los rincones un poco de ese codiciado alpiste y, granito a granito, iba construyendo mi «felicidad».
 
A los pocos fines de semana que compartía con mi madre y mañanas en el colegio, se oponían tardes de soledad y noches en vela, intrigada por los continuos jadeos, suspiros, crujidos de madera y muelles, e incluso gritos o voces apagadas. Una de aquellas noches, la curiosidad me venció, y busqué la manera de espiar el encuentro, cuando ya mi madre, avanzada la hora, bajaba un poco la guardia creyéndome profundamente dormida. Lo que vi, me horrorizó y me fascinó al mismo tiempo: los dos estaban desnudos en la cama y el hombre «extraía» el amor del cuerpo de mi madre, como si de una bomba de agua se tratase, con rítmicos movimientos de sus caderas adelante y atrás. Después, en el clímax de mi turbación, me di cuenta de que era a través de cierta parte de su anatomía, dura e hinchada, introducida entre las piernas de mi madre, por donde pasaba el codiciado producto.
 
Aquella fue la primera de muchas horas con los ojos abiertos como platos tras la puerta y la imaginación desbordada, ya en mi lecho. En mi ingenuidad infantil, descubrí muchas más cosas, como que la transferencia de amor requería un esfuerzo considerable, aunque no fuese el mismo para todos, pues algunos clientes estaban con mi madre poco más de media hora y otros se quedaban toda la noche; o que podía hacerse desde cualquier postura y a través de diferentes orificios del cuerpo, aunque el hombre siempre utilizase la misma protuberancia endurecida, como sanguijuela empachada; o que también podía libarse el néctar amoroso directamente de la fuente.
 
Había en aquella infancia feliz otra figura, de la que no quiero hablar más que lo justo, porque, aunque era la única con visos de padre, yo nunca le había visto en otro estado que no fuese ebrio y malhumorado. Tan solo venía por casa para pedirle dinero a mi madre o para recriminarle si descubría que parte de él se lo había gastado en libros o juguetes para mí. Mi madre siempre se refería a él como «el tío Fran».
 
Cuando llegue a quinto curso, conocí a Oliver. El chico era cubano y, llevaba pocos años en Madrid. Nuestra amistad cuajó rápidamente, sobre todo porque a él se le daban los números mucho mejor que a mí. Sin embargo, al cabo de un tiempo, pensé que no era muy loable que tan solo yo sacase un beneficio cuantificable de aquella relación, por lo que decidí que quizás podía regalarle algo de lo que mi madre vendía.
 
—Oye, Oli... Si quieres... te puedo dar... «amor de ese»—le solté un día.
 
Oliver se quedó pensativo, valorando la oferta, quizá.
 
—Bueno,... no sé... ¿Tú sabes si duele?
 
—Creo que..., solo un poquito, al final.
 
Me lo llevé a casa cuando supe que podríamos estar solos, y le subí al cuarto de mi madre. Conocía muy bien la teoría e intenté actuar como una experta en la materia. Rebeca, camisa y corbata, falda escocesa, zapatos y calcetines, camiseta y bragas... Todo acabó, por este orden, al pie de la cama. Para entonces, la prominencia de su pantalón, indicaba que su aparato de transferencia estaba listo para la acción. Me puse sobre él y, ya había comenzado a liberar de su estrangulamiento a la sanguijuela cianótica cuando, de repente, se abrió la puerta de la habitación. Pensé que mi madre habría llegado antes de tiempo pero, cuando me giré, vi que era el tío Fran.
 
—¡Eh, putilla... Ni se te ocurra estropear la mercancía!—bramó, lanzándose sobre nosotros como si le estuviésemos robando—.
 
—Os he visto entrar cuando venía para acá... Ya sabía yo que, al primer calentón, me la ibas a jugar...
 
Ni siquiera tuve tiempo de advertirle que Oliver no estaba dentro del negocio de mamá, cuando mi tío sacó su enorme pistola—La que llevaba bajo la chaqueta de cuero—, y la movió en el aire de forma amenazadora mientras seguía vociferando.
 
Oliver, desconcertado y muerto de miedo, se puso en pie de un salto, tiró de sus pantalones como pudo y salió corriendo. Cayó de bruces un par de veces y escaleras abajo antes de salir por la puerta.
 
Ni que decir tiene, que aquella fue la última vez que nos vimos. Desde ese día, ni cruzándome a solas con él por los pasillos del colegio, logré sacarle un triste saludo.
 
En cuanto a mí, pues cumplí los quince. Descubrí que la magia tenía truco, que el Amor no se puede comprar ni vender y que «la mercancía» de mi tío, no era Oliver, sino yo. Pero eso, es otra historia.
 
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lunes, 29 de enero de 2018

Crisálida


En pocos minutos saldría a escena por última vez y, como había hecho toda su vida, daría lo mejor de sí misma.
 
Sin muda para cambiarse ni ropa interior; con tan solo un mugriento lavabo, sin agua caliente ni jabón, aquel lugar era el extremo opuesto al Grand Hotel de París. Incluso a su casa natal de Leeuwarden. Quizás fuese parecido a muchos lugares como los que había visto en las Indias Orientales… Y prefería olvidar aquella etapa de su vida… Cuando aún creía que la felicidad pasaba por encontrar al hombre adecuado y vivir como una mariposa bajo el sol… El hombre adecuado… Con el que solo encontró la sífilis, el adulterio…, la pérdida de su hijo.
 
Se lavo cómo pudo y se arregló el pelo, grasiento y enmarañado. Después se sentó a esperar delante del espejo, que le devolvió el reflejo, deformado por las grietas de algún impacto, de un rostro abatido y demacrado, otrora hermoso y codiciado por pintores, fotógrafos,… amantes.
 
El miedo escénico parecía volver… Pero esta vez era diferente. No como el que sintió aquella primera vez; la noche de la crisálida; su primera transformación; cuando debutó como bailarina en el Musée Guimet. A los veintinueve años, divorciada y de nuevo con ganas de comerse el mundo, al fin tenía claro cómo convertirse en una mariposa, en un ser fascinante que pudiese volar sobre las cabezas de todos los hombres, hipnotizándolos con su cautivadora belleza. La danza era el comienzo. Ella sabía cómo transformar en un juego seductor aquellos sacros bailes rituales que había aprendido de los malayos y que hablaban de pasión, de lujuria, de venganza. Al cabo, los años de penurias en Las Indias, iban a reportarle algo bueno… Hasta que llegó la Gran Guerra.
 
—Margaretha… Ha llegado el momento.
 
La monja había entrado sin hacer ruido, como siempre durante los angustiosos ocho meses en los que había intentado hacerle llevadera su estancia en aquel horrible lugar, infestado de pulgas y ratas, sin acceso a sus medicinas, su ropa, sus efectos personales. Todavía entonces, intentaba comprender por qué la habían traicionado; por qué, aquel hombre del Tribunal Militar que la había interrogado, se empeñaba, con tanta vehemencia, en responsabilizarla de la muerte de miles de soldados. Para ella, todos los hombres, independientemente de su nacionalidad, eran iguales. Todos la habían amado. Sin embargo, ironías de la vida, los únicos para los que había accedido a trabajar obteniendo información, eran los que, a la postre, la acusaban de ser una espía.
 
El corredor estaba en penumbra y, al fondo, se distinguía la mortecina luz de las farolas del patio. Saint-Lazare… Curioso nombre para aquel tétrico lugar, pues parecía que Margaretha fuese el santo que salía de su tumba en lugar de encaminarse a ella. Porque su celda, en la oscuridad, en la soledad, lejos de su amado, era mayor sepultura que la propia muerte…Porque si algo deseaba en aquel momento, era ver a Vadime por última vez… Por él, un jovencísimo capitán que no tenía joyas, ni pieles, ni caballos, ni una lujosa vivienda que regalarle, había accedido a formar parte de aquel juego de guerra… Porque con la recompensa se habrían casado y le habría mantenido, a riesgo de que su familia le repudiase por causa de ella… Pero ahora Vadime estaba en el hospital, herido en aquella maldita contienda y, ella...
 
Cuando  salió a escena, no la esperaba el gran público de antaño sino tan solo un puñado de soldados adolescentes, algunos funcionarios y las monjas que la habían cuidado. Ella les lanzó un beso y, con porte altivo, se dejó acompañar al lugar designado.
 
Margaretha se negó a que la ataran al poste. Quería permanecer libre para, en su última actuación, desplegar sus alas de mariposa y volar sobre los hombres. Aristócratas, diplomáticos, financieros, militares, todos estaban allí en aquella silenciosa madrugada de octubre, igual que en los abarrotados teatros de París, Viena, Londres, Madrid.
 
—¡Atención!... ¡Pelotón!... ¡Apunten!...
 
El sargento mayor del 23º de Dragones, levantó su sable. Los soldados, ataviados con uniforme caqui y fez rojo, colocaron, en la mira de sus rifles, el pecho de la mujer.
 
Margaretha elevó su mirada hacia la única estrella que aún brillaba en el cielo. Dentro de poco la noche caería vencida por el amanecer.  La bruma otoñal de París era tan diferente de la aurora en el norte de Holanda, o del amanecer malayo… «Mata Hari», como ellos lo llamaban.
 
—¡Fuego!
 
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lunes, 15 de enero de 2018

¡Qué verde era mi barrio! Titanic


Corría el año 98 cuando se estrenó la película de Cameron. Después de verla en el cine, la alquilé varias veces en el videoclub. Por aquél entonces, internet estaba en ciernes y, las redes sociales, en pañales. Una década antes, cuando tuvo lugar lo que voy a narrar, y que dicho film trajo a mi memoria, ni siquiera sabíamos lo que era un teléfono móvil, cuanto menos, con cámara incorporada. De no haber sido así, quizás el final, hubiese sido otro. Y vale que aquello no fue el drama romántico de Jack y Rose, pero hubo ciertas similitudes que, aunque me este mal el decirlo, me hicieron pensar que algo había trascendido. Más adelante, sabréis a que me refiero.
 
Se llamaba Minerva. Aunque, bueno, en clase, todos la conocíamos por… ¡«La Titanic»! Y es que Minerva era una chica que sobresalía… en todos los sentidos. Melena rubia resplandeciente, en cascada hasta la cintura, cinta de pelo azul celeste y carmín permanente. Belleza griega colosal, de líneas curvas en hipérbole que tiende al infinito. En ella, cualquier medida, era desproporcionada y proporcional. Desde su metro noventa y cinco de estatura a sus «ciento veinte», tanto de contorno pectoral como de coeficiente intelectual. Con estas premisas, podemos deducir que Minerva era una chica que imponía. En la «sección femenina» era la efe mayúscula y, para el sexo opuesto, un diez en «formulación». Idolatrada e inaccesible, era como Palas Atenea paseando su palmito entre los pequeños mortales. Y lo de pequeños, es literal. Si a este currículo, le añadimos que sus ojos azules podían fundir el acero y que su padre era el Jefe de Estudios, ya estaremos en situación de comprender lo que voy a relatar.
 
Todo ocurrió durante el viaje de fin de curso. Íbamos en barco a Tenerife y, nada más embarcar, se levantó un violento temporal en el estrecho. Por indicaciones del capitán, se nos pidió a todos que ocupáramos nuestros camarotes y permaneciésemos en ellos hasta nuevo aviso. La clave estuvo en el reparto de números, que ni los niños de San Ildefonso, habrían hecho mejor.
 
Cuál no sería mi sorpresa, al abrir la puerta del cubículo asignado y encontrarme a la diosa griega, con sus armas sobre la cama, disponiendo peplos y quitones en el armario ropero.
 
—Perdona, perdona, me he equivocado…—me excusé, azorado, reculando hacia el pasillo—.
 
—¡Eh, Hola! Espera… A lo mejor he sido yo… ¿Qué número tienes?
 
He dicho ya que sus ojos azules derretían el acero…
 
—La 1313—dije, interponiendo mi tarjeta a su mirada—.
 
—Pues… No te has equivocado… Tenemos la misma—y sus rayos oculares esquivaron el plástico protector, acertando de lleno en mi centro vital—.
 
—Ehhh… Vale, iré a hablar con el monitor—logré hilvanar, antes de sucumbir—. Habrá sido un error.
 
—No importa, puedes quedarte… No espero a nadie en especial.
 
Minerva no tenía una amiga en particular. Todas querían estar a su sombra, pero no tanto como para que las engullese. Recordé que, a los que no se apuntaban por parejas, el tutor les asignaba un compañero al azar… aunque, por supuesto, siempre del mismo sexo.
 
—Ya,… pero —balbuceé, en mi terca postura de no creerme lo que me estaba pasando, por mucho que su mirada me estuviese diciendo «¿qué problema tienes, estúpido mortal?»—.
 
—¿Dónde prefieres, abajo o arriba?—Zanjó a bocajarro—.
 
Por un instante, me quedé bloqueado, pero su sonrisa iluminó el camarote, como si el sol hubiese encontrado un hueco por entre los negros nubarrones.
 
—La litera—continuó, haciendo un gesto hacia las camas superpuestas—… ¿En cuál prefieres dormir?
 
—Abajo—contesté, sin pensar—.
 
Asintió levemente, mientras se dispuso a quitar sus cosas de la cama que le señalaba.
 
—He visto tus dibujos en clase…—continuó hablando, de espaldas a mí—. Me he reído mucho con las caricaturas que hiciste de los profes. Se te dan muy bien… ¿También pintas otro tipo de cosas, como retratos y eso?
 
Pensé que había llegado el momento de tomar las riendas de aquella conversación surrealista. A fin de cuentas, no tenía nada que perder.
 
—Ehh… Sí. Dibujo desnudos… Del natural.
 
—¿Desnudos?... ¿En serio?—Aquella sonrisa hacía salir al sol de su escondrijo, y yo ya no quería que se fuese el nublado que nos retenía en aquel camarote—. ¡Qué bueno!... ¡Hazme uno!
 
El mismo nublado que impedía a mis neuronas encontrar la luz.
 
—¿Un qué?
 
—Un dibujo, ¿qué va a ser?
 
—Ehhh… ¿Desnudo?
 
—Como quieras… Si así te sientes más cómodo… Tenemos tiempo, hasta que amaine la tormenta.
 
A pesar de mis esfuerzos, no estaba haciendo un gran papel, pero teniendo en cuenta que hablaba con una diosa, no descartaba caer fulminado en cualquier momento y, así evitar el bochorno.
 
—Quiero decir que… Tendrías que posar...
 
—¡Claro!—
 
—Pero… ¿Sin nada?
 
—¡No, tonto! Me pongo el bikini... El resto, te lo imaginas.
 
—No dibujo mal, pero para inventar soy negado.
 
Su gesto pícaro parecía querer decir, «no tendrás que inventar mucho»
 
Sin pensárselo dos veces, se metió en el baño.
 
—¡Prepara tus pinturas, Picasso!—Me dijo tras la puerta—.
 
Me sentía como Goya ante su musa… O mejor, como Fidias puliendo la piedra desde el andamio, a la altura del regazo de su Atenea Parthenos. Cuando salió, lucía un albornoz blanco con el escudo del barco: un ancla y una corona. ¡Qué original!
 
Su melena de oro, su carmín permanente, su cinta del pelo azul celeste, estallaban en vivo arco iris contra el blanco algodón que cubría su cuerpo. Pero cuando éste cayo, ni la aurora boreal era rival para tanta belleza. Allí estaba Minerva, la diosa, tal como Júpiter la trajo al mundo, armada y desalmada, mortal de necesidad.
 
—Pe… pero… ¿Y el bikini?
 
—¿Tu musa lo llevaría?
 
Y entonces, diréis…: «¡Desperté!»
 
¡Pues noooo!
 
¡Dibujé! Con mano temblorosa, eso sí. Pero pude documentar a placer, cada pliegue de su orografía, cada centímetro de su geografía, cada arteria de su hidrografía, cada lunar de su astronomía. Y me empapé de conocimiento. ¡Muérete de envidia Galileo! ¡Qué yo he visto el centro del universo! ¡Venus, vuelve a la espuma, que tu monte es de Minerva!
 
Pero cuando creí que aquello acabaría en boda, la maldita megafonía, anunció la remisión del temporal y nos convocó a todos en la cubierta Paradise.
 
—¡ Por fin libres... Odio los días nublados!—exclamó la titánica Minerva, exultante de alegría, mientras el telón-albornoz, caía de nuevo, dando por concluida la fantasía.
 
Por supuesto, una vez zanjada la situación de emergencia, se revisó el reparto provisional de camarotes y, todo recuperó la «normalidad». El crucero continuó su periplo. Ella volvió a la soledad de su metro noventa y cinco, de sus tetas de infarto, de su brillante expediente, de su carmín permanente. Yo volví al anonimato de la mediocridad.
 
Años después, Minerva, como era de esperar, subió al Olimpo de los dioses. Yo no había vuelto a saber nada de ella hasta que… la vi en la tele. La diosa de la moda la llamaban. Modelo y empresaria, con una simple foto sugerente quemaba las redes sociales.
 
Y yo tenía un desnudo al natural, que no era más que papel mojado, en un mundo digital. Pero eso sí… Era único. Y solo mío.
 
Nunca se lo conté a nadie. ¿Quién me iba a creer?
 
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