lunes, 22 de mayo de 2017

Mascherata


El acróbata, emplumado en oro y plata, se lanza, brazos abiertos, desde lo alto del campanile. «¡La colombina, la colombina!», grita el gentío alborozado, mientras el pájaro humano despliega su vuelo bajo la soga que, en suave descenso, habrá de conducirle hasta la logia Foscara, uniendo su ofrenda a las miles de flores que llegan de todas partes al Palacio Ducal, acompañadas de una legión de trovadores, equilibristas, magos y artistas, haciendo las delicias de la muchedumbre que llena la piazza de San Marcos.

El carnaval no ha hecho más que empezar.

En la piazzetta, la Gran Macchina, una colosal estructura de madera, se prepara para reventar la noche veneciana con el mayor espectáculo de fuegos de artificio que se haya visto en occidente.

Cientos de gondolieri cruzan remos por los canales, trasladando a nobles, damas, caballeros y aventureros, venidos de todas partes a la ciudad de la laguna, oculta su identidad tras la máscara, dispuestos a jugarse la bolsa en el afamado Ridotto y la honra, si fuese menester, en las casas de Castelletto.

Ríos y puentes, calles y plazas, toda la ciudad es un mosaico de color y algarabía. Miles de personas deambulan disfrazadas. Oscuros personajes con tabarro de seda negra, sombrero de tres picos y maschera de galeone, junto a otros de vistosos ropajes y máscaras inspiradas en la comedia teatral. Bailan, ríen y cortejan entre la miríada de sonidos y olores que inundan la calle. Charlatanes y embaucadores que gritan incitando al juego; contorsionistas y malabaristas que ejecutan sus ejercicios entre la gente; vendedores de frittelle que vocean su producto entre las casetas de los adivinos, echadores de cartas, sacamuelas, teatros de marionetas y todo tipo de exhibiciones improvisadas, confundiéndose con la música de flautines y trompetas. En Campo San Polo los Nicolotti y los Castellani compiten por lograr la más alta pirámide humana.

El sol se pone tras la Basílica della Salute, extrayendo destellos dorados en los peines de las góndolas mientras, frente al palazzo Franchetti van llegando gondolieri que desembarcan a sus pasajeros.

De una de las embarcaciones desciende una pareja. Ambos se miran, arrobados . Ella es Constanza Dafiume, perteneciente a una familia aristocrática con poder político pero cuyas rentas fueron al compás de la decadencia financiera de la república. Él, Carlo Trapani, heredero de un mercader cuyo patrimonio incluye casinos, teatros y alguna casa de prostitución. Habitual unión de intereses recíprocos, no suele tener reflejo en los deseos más íntimos. Sin embargo éste no fue el caso pues, nada más verse, los dos quedaron prendados el uno del otro, como si de un hechizo de amor se tratase, y en la entrega de «il recordino», Carlo se arrodilló ante su Constanza, le tomó la mano, acariciando sus nudillos uno por uno y le puso el anillo de brillantes en el dedo anular, sin dejar de mirarla a los ojos y jurarle amor eterno.

Los esponsales fueron los más fastuosos que se recuerdan, rivalizando en opulencia incluso con la Sensa, la fiesta del «Matrimonio con el Mar», cuando el Bucintoro y su cortejo popular de barcas engalanadas alcanzaba la embocadura del Lido y el Patriarca bendecía las aguas al tiempo que lanzaba su anillo, desposándolas simbólicamente. Pocos días después, dio comienzo el carnaval y los esposos fueron invitados a la más exclusiva y desenfrenada festa in maschera. Una tradición que llevaba celebrándose entre las familias más poderosas desde hacía décadas y cuya asistencia era casi obligada para cualquier nuevo matrimonio, al menos una vez.

Todo el palacio está profusamente iluminado, con grandes lámparas en los salones, así como candelas y farolillos en bastidores y pasillos, creando efectos de luces y sombras que realzan los colores de tapices y pinturas en el interior, y se reflejan, a través de las vidrieras polícromas, en las oscuras aguas del Gran Canal.

Carlo y Constanza son recibidos por varios mayordomos y acompañados a distintas antesalas, donde hombres y mujeres, por separado, se visten con ostentosos trajes y ricas máscaras. Sólo hay dos reglas en esta fiesta privada: «mai parlare, mai scoprire»; «nunca hables, nunca descubras». Ellos lo saben y también acuerdan sus reglas: mantenerse fieles a su entrega, al margen de todo acto pecaminoso, de toda lujuria inducida, en una noche en la que, precisamente eso, es lo que todos los asistentes han ido a buscar. En una noche en la que todo vale, si ello sirve al goce sexual. Por ello, amantes ingenuos, juran buscarse a tientas, para hallarse en un gesto, en un perfume, en un roce, que será prueba del amor que les une, o bien no tolerar otra compañía que la soledad, en lo que dure la mascarada.

Los invitados se reúnen en el salón principal, en perfecto anonimato, sin saber bajo que máscara, está cada cual. Dos filas de columnas y arcos apuntados dividen el espacio en tres naves. En las laterales se distribuyen sillones, cojines y grandes divanes, algunos separados por biombos decorados con motivos alusivos al carnaval y, en la central, frente a los ventanales, una gran orquesta inicia el baile con una sinfonía, para luego ejecutar minuetos, gavotas y contradanzas, a cuyos ritmos, poco a poco, se van incorporando todos los asistentes, sorteados en su danza por innumerables camareros con bandejas de viandas y bebidas. Da comienzo el cortejo.

La norma que prohíbe la conversación impide la charla insustancial y divertida que acompaña a toda actividad social pero, en cambio, agudiza el ingenio en el uso de otros sentidos, como el tacto o el gusto, que se recrean en delicadas caricias o en paladear los exquisitos caldos del Véneto. Así las cosas, al cabo de no mucho tiempo, hombres y mujeres intentan comunicarse a base de gestos, reverencias o mímica, mientras bailan, ríen y beben a un ritmo cada vez más frenético.

Pasada la media noche, gran parte de las velas son apagadas, creando un ambiente de penumbra, y muchas de esas parejas, nuevas o no, eso nunca se sabe, yacen en los divanes privados, ocupadas sus manos, lenguas u otras partes extremas, en continuar la danza de cuerpos entrelazados, explorando huecos entre aparatosos ropajes para un mayor contacto de piel con piel, buscando penetrar la oscuridad con la luz de la pasión, en una orgía ciega donde, lo que menos importa, es el rostro que oculta la máscara.

Constanza busca en un giño, en un besamanos, en un perfume, recuperar el rumbo perdido hasta que, incapaz de encontrar a su amado, acaba por mantenerse a la deriva, hundida bajo el peso de la suspicacia al ver que todos los caballeros se ocupan de alguna dama, mientras reflexiona sobre lo curioso que resulta el creer que se conoce a una persona a la que apenas unen varias semanas para llegar a comprender que, ni siquiera el color de los ojos es posible identificar.

En un momento impreciso de la noche, se acerca a la joven un hombre, en algo diferente a los demás, pues no parece buscar la mera compañía femenina, sino estar particularmente interesado en la suya. Rodilla en tierra, le toma la mano derecha, acaricia cada uno de sus nudillos con el pulgar, toca el anillo que Constanza luce en el anular y luego, introduce su dedo en el pliegue que forman éste y el corazón. Aquel gesto perturba sobremanera el aplomo de la joven esposa que, al no retirar la mano, permite al caballero unir las suyas para tomarla entre ellas, besando lentamente el antebrazo desnudo, único retazo de piel en el exceso de tela.

La duda se instala en el corazón de Constanza. El caballero parece decididamente confiado, seguro de sí mismo. Tanto que, por un lado, desconoce en él a su amado Carlo pero, por otro, no puede pensar que ningún otro hombre pueda tomar el lance con tal atrevimiento. Quizás no sea más que una broma de su esposo, o de alguno de sus amigos, que terminará en el momento oportuno. Sumida aún en aquellos pensamientos, se deja llevar por las manos cálidas, la danza, los besos suaves, el vino, hasta caer rendida en un diván.

A su alrededor, lujuria, gemidos y pasión se confabulan para hacerle perder la noción de la realidad. Los besos del caballero alcanzan sus labios. Sus manos recorren la piel bajo el vestido, las enaguas, la cotilla, tocando la piel caliente. Constanza siente que su corazón galopa desbocado, su lengua paladea el silencio y sus dedos, atrevidos, juguetean con el calzón masculino. Ya no hay vuelta atrás. No hay tiempo para la duda, solo para la pasión. Tras el biombo, los suspiros de Constanza quebrantan la prohibición.

Amanece en la ciudad de la laguna y entre las brumas del alba, sombras encubiertas parten de los muelles ocultos bajo el palazzo Franchetti, protegidas por la felze de las góndolas.

Carlo y Constanza regresan a su residencia, en silencio, con el sonido del remo en el agua como único acompañante. No hay nada que decir, es mejor no saber o, simplemente, confiar. Pero Constanza no puede olvidar. Todavía siente unas manos en su piel, en su intimidad. Nunca antes había sentido algo así. Y tiene miedo. Miedo a no volver a sentirlo.

Ninguno vuelve a mencionar el carnaval, que durante casi seis meses más, colma la Sereníssima de color, de belleza, de misterio. Con la llegada de la primavera, todo parece pertenecer a un sueño. A un sueño que, por otro lado, se desea volver a soñar.

Poco antes del primer aniversario de sus esponsales, Carlo y Constanza acuden a una recepción en el palazzo Franchetti. El gran salón luce muy diferente al de aquella noche de máscaras. Bustos de mármol y espejos decoran las naves laterales, una gran chimenea en el lugar donde tocaba la orquesta y un lujoso diván circular en cuyo centro, una sabina de piedra lucha por zafarse de su secuestrador. Mientras su esposo se interesa por algunos negocios con ciertos embajadores, ella, distraída, elude la conversación y contempla, a través de los arcos venecianos de la galería, los preparativos del nuevo carnaval. Su mente viaja a través del tiempo.

Un hombre apuesto, elegante en el vestir y en el proceder, se acerca a la joven.

Signora, per favore, mi permetta di presentare i miei rispetti.

El caballero hace una reverencia y toma su mano. Acaricia sus nudillos con el pulgar, la reluciente piedra del anillo, el hueco entre sus dedos anular y corazón y deposita en ella, delicadamente, un beso.

Molto piacere signora, il mio nome é Giacomo… Giacomo Casanova.
 
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lunes, 8 de mayo de 2017

Lily Mod 11. Dōjini umare


El tiempo que el Sono henkan tardó en encañonarlos, fue para Lily Mod como el movimiento del brazo humano para un insecto. Durante esa eternidad, su cerebro trabajó a mil por hora buscando alternativas. No así para Ebisu, que reaccionó de forma impulsiva, por instinto… Aunque no de conservación, sino de protección. Sin pensarlo dos veces, se interpuso entre ella y el agresor.
 
—¿Sabes que si estás en contacto con ella, un solo disparo me sobrará para los dos?... Así que, apártate. No quiero dañarla.
 
Ebisu dudó, desbordado por la situación, al darse cuenta de que su movimiento tan sólo estaba retrasando su propia muerte. Era Lily quien, con su presencia, le estaba protegiendo a él.
 
El androide, tratando de evitar cualquier eventualidad que pusiese en peligro la integridad de su presa y, sabiéndose superior en el cuerpo a cuerpo, avanzó hacia ellos con decisión.
 
Lily sabía que, en cuestión de segundos, el «transformador» los habría alcanzado y, entonces, la vida de su compañero no valdría el aire que respiraba. Su decisión fue consciente, y consecuente. Una breve orden remota de su cerebro adelantó la secuencia de ignición y, de repente, una sobrecarga electromagnética invisible hizo resplandecer el edificio del CID como si fuese una luciérnaga en la noche.
 
El cerebro robótico del Sono henkan, con un chispazo inaudible, dejó de existir y su cuerpo, que se había detenido durante unas décimas de segundo ante la sorpresa, se derrumbó como un saco de arena.
 
Ebisu notó la mano de Lily presionando en su hombro pero, cuando se giró, tan sólo pudo ver unos ojos que se opacaban y unos labios que dibujaban sus últimas palabras en el silencio:
 
—Ahora… te toca… a ti.
 
Después, los dedos de la Call-Girl resbalaron, sus músculos de silicona cedieron y... se desplomó como una marioneta a la que hubieran cortado los hilos.
 
                                                                     ***
 
Una melodía sugestiva comienza a sonar en el apartamento y la imagen holográfica de una locutora se activa, automáticamente, para dar los «buenos días» e informar de la previsión meteorológica mientras, a su alrededor, comienza a girar una banda de texto con la información más destacada de la mañana.
 
Ichiro se despereza lentamente. Siempre le ha gustado mantener activada la alarma matutina en sus días libres, para así darse el gusto de seguir durmiendo. Alarga el brazo para tocar el rostro de Naumake, pero no lo encuentra. Manotea un poco en el colchón, pero sólo para descubrir que su 361 personal ya no está en la cama.
 
Se gira sobre sí mismo para ocupar con su cuerpo el lado de la cama en el que, habitualmente reposa su feminoide, y aspira el aroma que impregna las sábanas. Su mente se recrea, durante unos instantes, en lo feliz que se siente desde que posee a Naumake. Casi tuvo que empeñarse de por vida y pasar meses configurando todos los parámetros y aplicaciones de su muñeca. Menos mal que foros y tutoriales le ayudaron en el proceso de modelar su sueño, su acompañante ideal.
 
Alguna vez se acordó de Lily Mod, aquella Call-Girl que alquilaba habitualmente hasta que la RP sacó su nuevo modelo a la venta. ¿Qué habría sido de ella? se preguntó en alguna ocasión. En todo caso, no le llegaba ni a la suela de los zapatos a su flamante Naumake.
 
Ichiro oye el cacharrear de su chica en la cocina y sonríe. Anoche tuvieron ración doble de sexo, como todas las noches previas a su día libre. Siempre llega agotado del trabajo, pero Naumake consigue hacer de ese par de horas, el momento más deseado de la semana.
 
Después de una ducha rápida, Ichiro se dirige, pletórico, a degustar lo que su geisha particular tenga preparado. Sin embargo la escena que encuentra no es, ni por asomo, la que ha imaginado.
 
Naumake está sentada en el suelo, espatarrada frente a la puerta abierta del frigorífico. El sirope de chocolate embadurna sus manos abiertas y rebosando de sus labios cae, en delgado hilo, al inmaculado salto de cama que la cubre. Inmóvil, mira con ojos sorprendidos, como los de un gato cogido con los bigotes en la masa. Ante el desconcierto de Ichiro, se levanta lentamente, desliza por los hombros los tirantes de la prenda de noche y deja que ésta resbale hasta sus pies.
 
—Cariño…—comienza Ichiro—, siempre me sorprendes, aunque ahora… preferiría satisfacer mi estómago.
 
Naumake avanza hacia él, relamiéndose mientras camina con movimientos sensuales. Al llegar a su altura, se inclina para quitarse la braguita fucsia, que introduce delicadamente en el bolsillo del batín de Ichiro, como si fuera una flor que adornase su pecho. Completamente desnuda, continúa hacia la puerta.
 
—¡Oye!..., pero… ¿A dónde vas? Y el desayuno…
 
—Fríete tú los huevos… Amor.
 
Naumake sale a la calle. Decenas como ella están saliendo a las calles en Odaiba. Centenares en Tokio, miles en Japón, en el mundo. Todos ellos diferentes unos a otros. Todos ellos únicos.

                                                                      FIN

«Han pasado más de dos años desde aquello. Las cosas han cambiado bastante.
Yo ya no trabajo en la RP, de hecho, la empresa no es más que un remedo de lo que fue en su tiempo. No llegó a hundirse gracias a su status como multinacional, pero las ingentes pérdidas causadas por el desplome de su sistema en Ashio Dozan y todo el asunto de los 361 deterioró su imagen irreversiblemente.
 
Aquel día, todo el sistema informático y electrónico en su centro tecnológico se había fundido en negro, que diría un guionista, y su flota de robots, androides e Inteligencia Artificial, al quedar desvinculados de la red, perdieron su operatividad. En cambio, todos los ejemplares de su nuevo modelo 361 tuvieron un comportamiento extraño. Abandonaron a sus dueños y vagaron por las calles durante varios días, desorientados. La RP estaba demasiado ocupada en reconstruir lo poco que le quedaba, así que no les prestó atención. Poco a poco, fueron tomando conciencia colectiva y reuniéndose en grupos cada vez mayores, conformando lo que, meses más tarde, dio en llamarse la generación de los Dōjini umare, los «nacidos al mismo tiempo»
 
Por lo que luego supe, la parte cyborg de estos geminoides había sufrido el mismo colapso que el resto de robots pero, su cerebro humano había tomado el control. Tal como había predicho Lily. Eran como niños hambrientos de conocimiento, de vida.
 
Los organismos públicos y sociales tuvieron que tomar cartas en el asunto, porque surgieron asociaciones en su defensa y contra las posteriores reclamaciones de la RP, que reivindicaba su propiedad. Su organización era cada vez más fuerte, más influyente entre los jóvenes humanos incluso. Ahora mismo, forman parte de nuestra sociedad y actúan incluso como grupo político, luchando por una «humanización» que va más allá de las diferencias, del hombre, de la máquina.
 
Yo ayudo en lo que puedo a la causa. A fin de cuentas, ellos también me ayudan a mí…
 
Quedó grabada a fuego en mi cerebro aquella noche. Estuve tendido varias horas junto al cuerpo de Lily, llorando como un niño perdido después de haber gritado su nombre hasta quedarme afónico…Lo único que tenía claro es que no podía dejarla allí.
 
Cogí el arma y la ropa de Hisoka y, con su anorak, cubrí a Lily. Estaba solo. La arrastré, la cargué y, como pude, la llevé hasta el apeadero de Ashio Dozan. La escondí en un lugar seguro y después, eché mano de un colega que no hizo preguntas. Con su vehículo y su ayuda, la trasladé hasta mi apartamento de Odaiba.
 
Durante muchos días no supe que hacer. Hasta que los vi… y comprendí. Lily era un modelo 361, como ellos. Pero no estaba perfeccionado. Por eso, al colapsar los sistemas electrónicos, los cerebros autónomos de los nuevos ejemplares pudieron tomar el control y reactivar todo su sistema cibernético. La mente de Lily, en cambio, no fue capaz porque falló esa conexión. Se cumplía al detalle todo lo que ella había preconizado.
 
Fueron semanas de estudio, de trabajo obsesivo, en las que ellos… Sakura, Mei, Nozomi, me dejaron examinar sus cuerpos artificiales, me enseñaron multitud de cosas que no sabía. Gracias a su ayuda, al fin, conseguí restablecer la conexión entre el cerebro vivo de Lily y su cuerpo cyborg inanimado. Gracias a sus conocimientos, aprendí a sintetizar, a partir de elementos naturales, el suero que todos ellos necesitaban para mantener con vida sus células orgánicas.
 
Y un día, Lily, como aquel moderno Prometeo que cierta escritora de hace siglos se encargó de resucitar, abrió los ojos de nuevo. Unos ojos almendrados, como aquellos que, hace tanto tiempo, en este mismo lugar, habían acompañado a la sonrisa más perfecta que yo había visto en mi vida.
 
Ahora mismo, mientras escribo, ella está junto a la ventana, y las luces de neón se reflejan en sus pupilas, y las hacen brillar con mil colores. Tantos como los que ella fue capaz de ver en el gris de Odaiba. No recuerda nada de todo lo vivido. Su pensamiento, como único que era, tuvo que renacer para volver a vivir. Digamos que la desconexión, a diferencia de lo que pasó con el modelo perfeccionado, «formateó» su cerebro. Como a un niño recién nacido, tuve que enseñarle a dirigir su cuerpo adulto, a comunicarse con sus semejantes, a saber quién era y por qué. Pero aprende rápido. Muy rápido.
 
Podría decir que es lo menos que tenía que hacer después de que ella me salvase la vida. Pero no es así. Ella no sólo se sacrificó por mí, sino por una forma de entender la vida. Ella, un ser diferente, creado por nosotros mismos y para nuestra única satisfacción… nos ha dado una lección de humanidad.
 
Creo que mi deber es luchar porque su sacrificio no haya sido en balde.
 
                                    Ebisu Hikari»

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lunes, 24 de abril de 2017

Lily Mod 10. Sono henkan


Ebisu se sentía incapaz de reconocer en aquella resuelta y capacitada Lily a la ingenuamente curiosa y temerosa Call-Girl que apareció en su vida semanas atrás. Todo pasaba tan deprisa que ni siquiera sabía cómo reaccionar. Y en medio de todo, ella acababa de confesar, como si fuera lo más natural del mundo, que había sido quien activó la alarma, quien los traicionó.

—No entiendo nada, Lily… todo esto me está viniendo grande. ¿Qué jugada? ¿Por qué siempre hablas de control? ¿No se trataba de libertad?

Lily se detuvo ante un hueco en la pared de la chimenea, donde se abría una escotilla. Tecleó la clave de acceso y penetró con su carga. Una vez en el interior del pasillo horizontal, se encaró a su compañero.

—Ahora sé algo con certeza… En mi programación existían ciertos parámetros codificados, a los que no tenía acceso, como pensamientos ocultos que no lograba descifrar… El nuevo modelo de Call-Girl, la versión «definitiva» que se ha vendido por miles en Tokio, por millones en el mundo, incorpora un software mucho más perfeccionado… Fíjate, antes ni siquiera conocía estos conceptos… Un software en el que, esa configuración confidencial, puede activarse a voluntad, transformando a una inofensiva «chica de compañía» en una espía perfecta, en un implacable arma de control. Imagínatela pululando con toda tranquilidad por la casa de altos mandatarios, influyentes políticos, poderosos empresarios… Y todo ese control en manos de la RP…

—Ahora lo comprendo… «Sólo cambia la identidad de quien ostenta el control»…

—Pero cualquier mecanismo tiene su punto débil… En este caso, lo más frágil es lo que también le da su ventaja sobre cualquier otra máquina creada por el ser humano: su cerebro orgánico. Más concretamente, la conexión de ese órgano con su estructura artificial. Supuestamente, los técnicos de este centro han logrado aislar y solucionar ese fallo en su nuevo modelo, quedando como única prueba de su debilidad, los viejos «trial» descatalogados, de los que, parece ser… yo soy el último ejemplar… Y digo, supuestamente porque, si no es así, todavía hay una posibilidad…

—¿Posibilidad de qué?... Lily… ¿Acaso lo que buscamos no es, simplemente, salir de esta maldita ratonera?

—No hay nada simple, Ebisu… El objetivo era romper mi nexo con la RP, pero ahora que tengo acceso a toda la verdad… la perspectiva ha cambiado.

Lily se echó el brazo de su amigo por encima del hombro para ayudarle a caminar, pero éste se zafó con delicadeza.

—Puedo yo solo… Ya ha sido bastante humillante.

El corredor, húmedo y escasamente iluminado, contrastaba con los espacios de luz clara y difusa del centro. La pareja avanzó con dificultad.

—Solo necesitaba ganar tiempo—continuó la Call-Girl—. Mientras nos retenían los androides de la RP y Hisoka replanteaba su estrategia, yo exploraba «mentalmente» el sistema de emergencia en busca del control remoto y sus claves… Tardé unos minutos… Lo siento…

—¿Me estás diciendo que yo era un cebo?

Lily no respondió.

—Bueno… Podría haber sido peor…—reflexionó Ebisu, pensando en su entrepierna.

—Yusuri ya estaba prevenido contra el Sono henkan, tenía instrucciones para cuando saliéramos e incluso un plan alternativo, caso de que hubiese algún problema…

—¡Joder! ¿Cuándo hablaste de todo esto con él?

—Después de que Hisoka me incluyese en su plan y de que tú… me convencieses para entrar contigo… Cada uno sabía algo que el resto ignoraba.

—¡Menos yo, claro!… El único cretino que iba a ciegas.

—Cada cual tiene su momento… El tuyo, también llegará.

—Ya… ¿Y antes de que llegue?

—He configurado las secuencias de ignición de las cargas de pulso electromagnético… Ya sabes, las que se usan para el escudo protector… Cuando estemos a salvo, enviaré el código de activación y la masiva radiación gamma hará que, cualquier componente electrónico que permanezca dentro del escudo en ese momento, quede inutilizado. Será el caos para la RP. El apagón será total y afectará a todos los sistemas vinculados, incluso… remotamente… Todos los 361 perderán su conexión con el sistema madre… para siempre. A partir de ahí, tan solo su cerebro humano, si es que los técnicos de la RP han sabido hacer su trabajo, regirá en su cuerpo cibernético.

—¡Joder, Lily! ¡Lo que vas a hacer es una puta revolución!

—¿Y no se trataba de eso,… señor Hikari?

Ebisu guardó silencio, mientras una luz de comprensión se encendía en la oscuridad. Lily no le había elegido por ser uno de los hackers más letales y menos conocidos del submundo de Odaiba. Ni por conocer los entresijos de la Robotic Pleasure. Le había elegido, paradójicamente, por su odio visceral a la Inteligencia Artificial, por su resentimiento inconfesable hacia la gran corporación capaz de crear el ideal de mujer del sueño machista, pero insensible al verdadero desamparo del ser humano… El «sistema madre», había dicho Lily… Curiosa forma de identificar a quien pretendía manejar los hilos del mundo.

Ebisu contempló por un instante a esa Lily devastadora, calculadora, desconocida para él hasta ese momento, y negó con la cabeza.

—No lo sé, Lily… Ya no lo sé.

—¡Vamos! No podemos perder tiempo—apremió la Call-Girl, mientras avanzaba, prácticamente a tientas, por el pasillo en penumbra—. Yusuri ha conseguido abrir los accesos, seguramente ya esté esperándonos en el final del…

Sus pies tropezaron con algo blando antes de terminar la frase. Unos ojillos de rata muy abiertos, en un cuerpo inerme, los contemplaban desde el suelo.

—Creo que te subestimé, mi querida On'nanoko…—se escuchó una voz al final del corredor.

Una silueta, en cuya cabeza de cabellos revueltos se adivinaba una especie de gafas protectoras, se recortó contra la luz del fondo. El Sono henkan empuñaba una Ghost Killer, un arma que Ebisu reconocía pues, capaz de freír el cerebro incluso aunque el impacto solo rozase la piel, su uso era muy habitual entre las fuerzas de choque.

—Te delataste en cuanto hiciste saltar la alarma, amiga mía… Yo lo tenía todo controlado. Sólo podías haber sido tú… Reconozco que me desconcertaste pero, a fin de cuentas, sólo tenía que esperar. Yusuri vino a confirmar lo evidente.

—No lo entiendo, Hisoka—intervino Ebisu—. ¿Qué pretendes conseguir así? La única posibilidad que tenemos es la de huir juntos…

—O me tomas por idiota, o eres tú el idiota—contestó el ingeniero para, acto seguido, dirigirse de nuevo a la Call-Girl—. Eres demasiado valiosa como para dejarte marchar. Con todos tus defectos, eres el futuro de nuestra especie… Sí, tú, imperfecta máquina, pensamientos rellenos de silicona… No esos impecables y sofisticados geminoides de última generación que la RP quiere colarnos, no más que un ejército de fanáticos cerebros enlatados en plutonio…

—Todo ese discurso no dice mucho del tuyo—terció de nuevo el hacker.

—Provocarle no nos conduce a nada, Ebisu—intervino Lily por primera vez—. Es un «transformador», unas pocas unidades fabricadas en Corea, lo último en Inteligencia Artificial vendida al mejor postor. Máquinas especializadas en el «tunning» cibernético… Autónomas, no vinculadas a ninguna organización. Se dedican a sabotear, piratear o «transformar» cualquier producto que la todopoderosa RP coloca en el mercado. «Patente de corso» lo llaman ellos.

Hisoka no hizo ningún movimiento, visiblemente complacido por la descripción.

—Nunca he oído hablar de nada parecido… ¡Eso es absurdo!—exclamó Ebisu.

—Que no los conozcas no quiere decir que no existan… Tienen la misma capacidad para transformar cualquier androide que caiga en sus manos como su propia apariencia física. Si hoy le dejas ir, mañana no le reconocerás ni aunque lo tengas delante…

El Sono henkan dirigió el brazo armado hacia la pareja.

—No tendréis la oportunidad de averiguarlo…

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